LA LUCHA LIBRE UN DRAMA POPULAR SUBESTIMADO

LA LUCHA LIBRE, UN DRAMA POPULAR SUBESTIMADO


 

Daniel García Ureña

                                            “Un luchador puede irritar o disgustar, él nunca decepciona”.

Roland Barthes

Nuestra cartelera de esta noche

La lucha libre presenta, como el teatro clásico y las telenovelas, tramas y personajes bien definidos que convergen durante un enfrentamiento realizado dentro de una realidad alternativa que permite a los espectadores entretenerse de una manera muy particular; por esta razón parece atinado tomarla en cuenta como un drama popular.

Usualmente, sus críticos la censuran por “falsa” y “violenta”, ignorando que en estas características radica la verdadera fuerza de su interpretación. El hecho de que los detractores de la lucha libre nieguen sus bajos instintos y no comprendan las capacidades dramáticas que presenta, causa las impresiones negativas que, sin embargo, no se presentan necesariamente cuando dichos críticos presencian un asesinato en la pantalla de cine.

Además, la lucha libre permite a los espectadores medios de involucramiento muy distintos de los que los géneros que emula (deportes, dramas televisivos, teatro), porque parte de sitios distintos entre los gustos del ser humano. Por tanto se demostrará qué elemento comparten y qué elementos la separan con el fin de  situarla en el lugar de privilegio entre los espectadores televisivos.

Es importante aclarar que  los fanáticos de la lucha libre no son personas estúpidas o ignorantes, simplemente  disfrutan de un espectáculo mal comprendido, marginado por su carácter prosaico, el exceso de despliegue físico y  el tratamiento que da a los temas populares.  La falta de conocimiento de las bondades desde el punto de vista filosófico y sociológico de la lucha libre hace pensar a los detractores que, quienes la miran por televisión, son personas ignorantes (porque creen que se trata de un combate real), violentas (por las imágenes de las que gustan) o simplemente estúpidas (por disfrutar de un espectáculo de clase baja).

Con el siguiente artículo, se pretende establecer los elementos dramáticos, mediáticos, filosóficos y sociales presentes en la lucha libre profesional, para reivindicarla como uno de los dramas populares más exitosos de la contemporaneidad al tiempo que se monitoreará el arte dramático escondido detrás del (siguiendo a Barthes) “espectáculo de excesos” conocido como lucha libre profesional.

Otro tema importante a tratar consiste en establecer las causas y consecuencias de la popularidad de la lucha libre profesional en la sociedad actual con el fin de evidenciar los niveles de involucramiento de los fanáticos y, a la vez, detectar el papel estereotípico y marginal que, en función del espectáculo, ejercen los sectores sociales minoritarios (mujeres, afro descendientes, asiáticos, europeos en general) en la lucha libre de la WWE, marca principal del mercado.

La primera pelea: contra los bajos instintos

Existen, ciertamente, muy diversas formas de entretenimiento. Sin importar la manera en que las personas deseen verlo, todas ellas cuentan con una serie de gustos que supeditamos a la vida privada, donde la censura de la sociedad o las poses típicamente adoptadas para sobresalir en sus respectivos campos de acción no pueden perjudicarlos.

De ahí que muchos académicos hablen del balón de fútbol como un objeto extraño a su realidad, la mayoría de la población del país niegue ver la narco telenovela de turno, a pesar de los altos ratings, y ciertos individuos digan que no dan un centavo por la vida de Lady Gaga mientras atesoran sus discos. La lucha libre, sin embargo, resulta ser la más estigmatizada entre los llamados entretenimientos superfluos.

El repudio general hacia el televidente del deporte espectáculo, cuando sale como tema de conversación entre cualquier grupo social en la realidad costarricense, parece inminente. Como veremos más adelante, con ayuda de los críticos Barthes,  Shehmby y Ford, la lucha libre cuenta con un grave problema de legitimidad: quienes no la toleran suelen tacharla de “fingida” o “falsa”, sin darse cuenta que justamente ahí se encuentra una gran parte de su encanto.

La lucha libre profesional televisada concatena en Costa Rica ideas relacionadas con su influencia negativa, ya sea por la violencia explícita brindada a los niños y adolescentes o por los malos ejemplos respecto al consumo de drogas, implícita o explícitamente. El objetivo de este estudio  es, sin embargo, explicar qué aporta la lucha libre profesional a la vida de los seres humanos, al punto que le ha permitido mantenerse como uno de los dramas populares más longevos de nuestro tiempo, a pesar de su marginalidad aparente y los llamados mensajes negativos.

Para este fin se elaborará un comentario detallado de los mecanismos filosóficos y sociales que convierten a la lucha libre en un espectáculo de clase mundial, el drama popular más grandioso de la época. Al mismo tiempo se ilustrarán los aportes teóricos cuando resulte pertinente. es importante aclarar que el enfoque de esta investigación no se centra en las implicaciones morales que la lucha libre profesional pueda tener en la sociedad.

Lo anterior, en primer lugar, porque ya existe mucha bibliografía al respecto y en segundo, debido a que la lucha libre, como se verá, intenta mover pasiones.  Antes de comenzar este trabajo, hay que realizar una aclaración: los textos disponibles sobre el estudio de la lucha libre son difíciles de obtener en lengua española, por lo tanto, los trabajos citados originalmente fueron obtenidos en inglés y traducidos porcuenta del investigador.

La Lucha libre de la WWE

La lucha libre profesional consiste en un espectáculo deportivo realizado mediante coreografías, en las que dos o más oponentes imitan un enfrentamiento en vivo lleno de violencia ficticia. Se caracteriza por el uso de personajes tipo (el bueno, el malo, el loco) con el objetivo de mover las fibras sensibles de su audiencia. El “combate” terminará cuando uno de los oponentes tenga sus espaldas planas en la lona durante tres segundos (pin), si se rinde por una llave (submission) o es descalificado por el árbitro (director del encuentro, por lo general hace el papel de incompetente).

En la actualidad la compañía responsable del espectáculo más grande en torno a la lucha libre profesional es la WWE, por ese motivo hemos decidido tomarla para ejemplificar los aportes de los teóricos estudiados. Anteriormente, las siglas de la compañía significaban World Wrestling Entertainment (Entretenimiento Mundial de Lucha Libre), pero el dueño de la franquicia, Vince Mc Mahon, decidió tomar el giro corporativo de vaciar de significado las letras, y convertirlas en una marca per se, como MTV. De hecho, la compañía tiene planes en un futuro cercano de crear su propio canal de televisión.

En caso de que alguien realmente ignore el tipo de entretenimiento provisto por esta franquicia, este resumen del evento Royal Rumble 2009 (el segundo de importancia entre sus muchos programas especiales) puede servir como una buena primera aproximación del deporte espectáculo.

De acuerdo con Nielsen, compañía encargada de los ratings televisivos en Estados Unidos, sólo en este país, cada noche de espectáculo en televisión por cable genera una cantidad de televidentes aproximada a la población de Costa Rica (más de cuatro millones y medio de personas). La WWE obtiene regalías de tres programas semanales en vivo, un reality show con el luchador retirado Stone Cold Steve Austin, ocasionalmente sus intérpretes reciben papeles en producciones de Hollywood (Dwayne Johnson, The Rock, es el caso más exitoso) y en los últimos años crearon su propia productora WWE Movies con producciones de clase B. Además, los eventos de “pay per view” (televisión pagada) nunca faltan en la programación mensual, sin olvidar las mercancías relacionadas con el espectáculo, como figuras de acción, camisetas, videojuegos, cómics y muchos otros.

La lucha libre enfrentará a Barthes, a una caída

Roland Bartes  (1957) dedica unas páginas de su libro ensayístico  Mythologies al estudio de la lucha libre en Francia durante los años cincuenta. Después de analizar combates entre luchadores locales semi-profesionales escribió un ensayo muy valioso para el presente estudio.

El teórico comienza con una descripción tanto de los espectadores como  del espectáculo. Respecto a los primeros, afirma que se dejan llevar por una puesta en escena en la cual son abolidos todos los motivos y las consecuencias, el espectador entra en un mundo donde “lo que importa no es lo que piensa, sino lo que ve” (Bartes, 1973 Pp: 15). Igualmente, quien se entrega a este espectáculo no busca una complicada puesta en escena, más bien la imagen cruda de ciertas pasiones. Por lo tanto, en la lucha los contendientes deben realizar yuxtaposiciones inmediatas de las acciones, que no requieran gran nivel interpretativo.

Los luchadores, por su parte, no pretenden ganar la pelea, como lo haría un boxeador. Barthes realiza una comparación entre ambas propuestas del género combativo y llega a la conclusión que mientras el pugilista escribe una historia con sus guantes, cargada de esfuerzo por alcanzar la victoria, el luchador busca cumplir con las expectativas del público; no pretende ganar, más bien realizar del mejor modo posible los movimientos que se esperan de él.

Según su percepción, al público no le preocupa si la puesta en escena es real o fingida, sólo la imagen de las pasiones representadas, más no la pasión por sí misma. También recalca ampliamente la función dramática del espectáculo, hasta el punto de comparar los roles asignados a los luchadores con los personajes tipo de la Commedia dell’Arte, debido a los gestos cargados de patetismo exagerado cuando reciben una llave. Resalta también que, como en el drama griego, los actores que no están enmascarados deben esforzarse mucho más para que su cara se parezca a la emoción representada.

El comentario ensayístico del filósofo toca superficialmente el tema de los caracteres en la lucha libre, aunque solamente esboza la tendencia de la lucha libre estadounidense a crear una batalla mitológica entre el Bien y el Mal (por lo general teñida de política, porque el Mal era un luchador tachado de comunista); más adelante se explicará la nueva tendencia de la lucha libre profesional en la WWE.

Sin embargo, la definición más elocuente de la lucha libre realizada por el crítico es la de “el gran espectáculo del Sufrimiento, la Derrota y la Justicia”(Barthes, 1973 Pp 19) Sobre el primero, argumenta que constituye la base del espectáculo; por ese motivo todas las movidas capaces de causar dolor y sufrimiento van acompañadas de un preámbulo espectacular. De la misma forma, los luchadores utilizan llaves de rendición con el objetivo de colocar el sufrimiento del adversario en el lugar de privilegio. Recomendamos este enlace para quienes deseen conocer más sobre las técnicas mencionadas anteriormente.

La lucha libre, indica Barthes, constituye el único entretenimiento deportivo en el que vemos de manera explícita la tortura física de un ser humano. Acota, sin embargo, que no es un espectáculo sádico, sólo inteligible; los espectadores disfrutan las llaves no por el dolor supuestamente infligido a  la víctima, sino por la perfección iconográfica.

El segundo componente, la derrota, viene como resultado de cualquier combate. Si bien Barthes indica que el luchador no pretende ganar, señala agudamente cómo demuestra  su desconsuelo cuando cae derrotado; este comportamiento aleja a la lucha libre de los deportes, pues los últimos se basan en principios como la dignidad, el respeto al adversario y el honor. Debido a que ninguna de esas limitaciones aplican a la labor de un luchador, veremos siempre su caída con rigor melodramático.

Quisiéramos demostrar el concepto de sufrimiento y derrota en lucha libre profesional, así como hacer notar las reacciones del público respecto al deporte espectáculo con este video realizado por Amir Nikfekr, usuario de You Tube que se tomó la molestia de resumir, con un tema musical, un acontecimiento polémico de la WWE durante el año 2010.

Randy Orton (estadounidense), entonces campeón de la WWE, rivalizaba con el grupo Nexus, una asociación de luchadores que planeaban “dominar la WWE”. Como dato curioso, los narradores denominan a la agrupación “los invasores” y ninguno de ellos nació en los Estados Unidos.

Dwight Barret, el líder (de nacionalidad inglesa), ordenó a sus secuaces atacar a Orton para asegurarse la victoria en una lucha por el campeonato. Para regocijo del público, pese al ataque advenedizo de Nexus, el campeón retiene el título con ayuda de John Cena (también estadounidense), que tenía una deuda pendiente con el británico.

Sin embargo, The Miz, un joven luchador, aprovecha la oportunidad que obtuvo en un evento anterior durante ese año: puede retar al campeón que desee, en el momento que elija y Randy Orton se ve obligado a una segunda defensa titular, con dos palizas encima. Al principio parece que el retador no está a la altura del campeón, pero (¿milagrosamente?) logra derrotarlo al último momento causando una decepción terrible entre la mayoría de los fanáticos.

Sólo basta ver el rostro de la niña que aparece justo antes que The Miz levanta el cinturón para explicar el modo en que este espectáculo puede mover las pasiones en el corazón humano. La función finaliza con el rostro frustrado del ahora ex campeón y la promesa tácita de los productores de una futura retribución.

La justicia representa para Barthes el reflejo moral de la lucha libre, la razón principal de su existencia. La gente corea el nombre de un luchador técnico (bueno) y desprecia a los rudos (malos); cuando las personas ven lucha libre en el fondo de sus corazones buscan una retribución de las maldades cometidas por cierto luchador. En ocasiones el espectáculo  brinda esta venganza, en otras la niega, pero constituye siempre la esencia de los combates: “la lucha libre es, sobre todo, una secuencia cuantitativa de compensaciones (un ojo por ojo y diente por diente)” (Barthes, 1973 Pp. 22).

Sobre este tema, remitimos al siguiente video en el cual Sheamus (irlandés) ataca al ex campeón de los Estados Unidos, Daniel Bryant (estadounidense), justo después de haberle arrebatado el campeonato. De repente, Sin Cara  aparece para hacer justicia de la forma en que saben hacerla los luchadores: atacando al cobarde agresor, que no ve venir el ataque para regocijo del público.

En última instancia, el filósofo explica la razón por la que la lucha libre maneja un estilo tan disparejo, pues por lo general los luchadores no pueden competir uno contra el otro de manera justa. En este punto la comparación entre lucha libre y teatro se hace explícita, porque el crítico determina que la convención conocida como reglas de la lucha libre en realidad no tiene validez más que para crear la ilusión de veracidad.

Del mismo modo expone que la tendencia de los luchadores por romper las reglas descaradamente comprende esta función del espectáculo mencionada con anterioridad, una herramienta para lograr que los aficionados caigan en un anacronismo: indignarse porque un luchador no siguió los ideales morales propios del deporte, impropios por lo tanto para la lucha.

Barthes concluye el ensayo con estas brillantes palabras: “En el ring, y aún en las profundidades de su voluntaria ignominia, los luchadores se mantienen como dioses porque ellos son, por unos pocos momentos, la llave que abre la Naturaleza, el gesto puro que separa el Bien del Mal y revela la forma de una justicia que es, cuando menos, inteligible.” (Bartes, 1973 Pp. 25) . Puede ilustrarseesta cita con la entrada del luchador  legendario de la WWE, The Undertaker; uno de los favoritos del público a nivel mundial.

La lucha libre enfrenta a la cultura popular

Dalbir Sehmby (2002), estudioso de la cultura popular norteamericana, permite ampliar el concepto a la sociedad contemporánea. Este crítico expone en la revista Literatura comparada y cultura su trabajo Lucha libre y cultura popular las razones por las cuales la lucha libre generalmente es dejada por fuera de los estudios serios relacionados con espectáculos públicos. Para esto, explica los humildes principios de la actividad, que comenzó a funcionar en las ferias estatales nómadas de los Estados Unidos, después de la Guerra Civil que desgarró esa nación, por los años de 1870. Las fuentes no son claras en indicar el origen propio de la actividad, algunos la sitúan en Francia, otras en Estados Unidos.

Los veteranos aprovechaban sus habilidades de combate para retar a los locales en una pelea callejera de la cual podrían salir beneficiados enormemente, pues si ganaban recibirían mucho dinero. Sin embargo, una vez vencidos por el profesional, los timados sufrían una pérdida pecuniaria y moral. También se hacían presentaciones fraudulentas en otras ferias similares donde dos luchadores realizaban un espectáculo bélico similar a lo que conocemos actualmente como lucha libre.

Al mismo tiempo, existía una asociación deportiva de lucha libre, con combates arreglados por debajo de la mesa. Cuando las autoridades se enteraron, los periodistas cesaron su interés por las luchas, lo cual causó el germen del desprestigio que hoy conocemos.  Tampoco ayuda el hecho de que las clases bajas asalariadas sean las más interesadas en el espectáculo.

Sehmby explica que la lucha libre consiste en un híbrido entre el arte y el deporte. Como las artes son elitistas, los críticos toman posturas extremas y definen de forma arbitraria las manifestaciones que se considerarán bellas artes (ópera, ballet, teatro) mientras excluye las manifestaciones populares. El estudioso  ironiza con la imagen de los críticos de la lucha libre que repudian su falta de realismo mientras que criticarían igualmente al actor que mire al público o la cámara durante la interpretación de un supuesto sufrimiento.

Explica cómo las bellas artes son sutiles y la lucha libre “no es sobre sutileza, más bien trata sobre exceso… la lucha libre es exceso” (Sehmby, 2002 Pp. 9). Posteriormente, Sehmby acota el papel de los deportes en los Estados Unidos, país donde se rinde pleitesía a las habilidades físicas, y la contrapone con la visión de la lucha libre. Mientras los deportes son espacios democráticos donde triunfa el mejor, la lucha siempre versa sobre “corrupción, favoritismo y puñaladas por la espalda” (Sehmby, 2002 Pp. 5).

Menciona la similitud entre las que denomina “estéticas masculinas y femeninas”; colocando a la lucha libre en un punto intermedio: el evidente parecido con las telenovelas y los deportes rudos sin que pertenezca propiamente a ninguno de ellos. Sehmby plantea, entonces, las razones por las que la lucha libre cuenta con tanta audiencia a nivel mundial.

Define a la lucha libre profesional televisada como un producto capaz de satisfacer los gustos de todos los espectadores por igual: cuenta con una narrativa melodramática y casi tele novelesca, pero también puede desenvolver una trama divertida similar a las comedias situacionales o crear la ilusión de un programa de realidad, sin olvidar el valor deportivo de las acrobacias ni el constante fondo musical presente, cuando menos, en las entradas de los luchadores.

El programa apela también a los bajos instintos del televidente: mujeres y hombres, homosexuales y heterosexuales indistintamente. Su postura se resume de esta forma: mediante el enfrentamiento de los contendientes, sus acompañantes (por lo general, mujeres de busto prominente) y las situaciones del espectáculo, existe la posibilidad de fantasía erótica con el cuerpo humano de los participantes en las dramatizaciones.

Si bien esto podría ocurrir en cualquier deporte, la diferencia está en que la lucha libre coloca en esa posición a todos los involucrados, mientras que en otros deportes estadounidenses ciertos participantes son exhibidos (las porristas) y otros realizan su función deportiva (los jugadores); aclara que no necesariamente es la motivación de todos los espectadores ni la intención explícita de quienes brindan el espectáculo.

Más adelante, el crítico cita el trabajo de Richard Hornby (1987) Drama, metadrama y percepción. Explica la noción de metadrama en la lucha libre: consiste en una representación dentro de otra, los luchadores hacen el papel de atletas, pero a la vez fingen en medio del espectáculo. Aquí utiliza el teórico los términos de “work” (trabajo) para describir la labor que hacen los actores del espectáculo. Trata de hacer que el público dude respecto a cuales partes del espectáculo son  reales y cuales no.

Los luchadores hacen su trabajo cuando logran que el público se involucre. En este punto, la lucha libre, si bien comprende un arte dramático sumamente devaluado, exige muchísimo más de sus intérpretes que cualquier otro. Pocos se detienen a pensar que el luchador se involucra con el público desde que entra en la arena por la simple razón de que de esto depende su salario. Si un luchador no anima al público, este abandonaría las graderías o, peor aún, no regresaría jamás.

El hecho de que el espectáculo esté arreglado no  quita mérito a los luchadores, porque en realidad necesitan un mayor despliegue de habilidades físicas para poder realizar adecuadamente todas las acrobacias, sin demasiado riesgo para ellos mismos o sus compañeros.

El crítico realiza un análisis de algunos aspectos del espectáculo que analizaremos a continuación. En primer lugar, explica que el término “work” también se usa para definir un tipo de enfrentamientos; aquéllos realizados únicamente con el fin de hacer quedar bien a un cierto luchador, para mejorar su popularidad.

Este tipo de luchas constituyen la mayoría de la cartelera en las transmisiones de la WWE. Por lo general las utilizan para impulsar la carrera de un luchador, o mantener el hilo conductor en cierta trama. Como ejemplo, ofrecemos el debut de Sin Cara (luchador mexicano anteriormente conocido como Místico) en Smackdown, programa de la franquicia.

El luchador perdedor (Primo) tiene sobre sus hombros el peso de todo el combate: su misión es hacer que su oponente se luzca, sin brillar demasiado, aunque lo suficiente para que la lucha no parezca (demasiado) falsa.

La otra posibilidad observada por el crítico es que el enfrentamiento resulte en un “shoot” (disparo), una pelea que la WWE considera tan especial, que la reserva casi exclusivamente para los eventos de “pay per view”. En este tipo de lucha, ambos contendientes buscarán lucirse con lo mejor de su repertorio y la acción está garantizada por un largo periodo de tiempo. Para ejemplificar este tipo de lucha tomaremos el evento principal de Wrestlemania XXII, el evento anual más importante de la WWE, donde dos de sus principales estrellas, John Cena y Triple H disputaron el Campeonato de la compañía.

Sehmby continúa su análisis explicando que la lucha libre como espectáculo permite al espectador considerar que se encuentra en una posición privilegiada, porque tiene la sensación de conocer la falsedad del drama, y aún así se siente capaz de disfrutarlo. Opina que la posición que tiene dentro del espectáculo es marginal, pues mientras en los deportes la fanaticada participa de una convención dispuesta totalmente hacia el público (con estadísticas, resultados, historia pertinente y un apoyo que influye en el desempeño), el desconocimiento de los posibles giros de la trama coloca al espectador asiduo de la lucha libre en la posición de desconocimiento.

De nuevo comenta a Hornby (1987) cuando explica que esta posibilidad de drama en el drama también puede verse cuando los luchadores actúan otro papel; ya sea de padres, hijos, empleados, etcétera, porque logran identificaciones con el público. Una forma irreverente de ilustrar esta característica la constituye este video en el que Stone Cold Steve Austin ataca con su técnica especial a toda la familia Mc Mahon, dueños del espectáculo, lo que provoca en el espectador el placer subconsciente de ver a sus propios jefes derrotados.

Además, brevemente explica referencias que los luchadores hacen a distintos productos de la cultura popular, como el mismo Stone Cold, que toma el nombre “Steve Austin” de una serie de televisión, o Dwayne Johnson The Rock, emulando las películas de Rocky (los fanáticos lo aclaman con ese nombre y él se hace llamar el campeón del pueblo).

Con fina ironía, Sehmby hilvana el leve cambio que la lucha libre ha sufrido con los años, ya no se pregona el espectáculo exótico de casa en casa, más bien se pone un anuncio en televisión acerca de un evento “pay per view”. Fuera de eso, el espectáculo continúa muy similar.

La conclusión de Sehmby es que “…al apropiarse de su falsedad, la lucha libre profesional se reapropia de su estatus original de estafa, y orgullosamente exalta la capacidad de desempeño de los actores y la habilidad de las tramas para comprometer audiencias alrededor del mundo.”(Sehmby, 2002 Pp.12).

Hay que darle al pueblo lo que pide…

Finalmente, quisiéramos tomar unos apuntes del trabajo realizado por Sam Ford, investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts quien realizó un estudio del comportamiento de los fanáticos de la lucha libre profesional para el Programa de estudios comparativo de los medios de dicha institución.

En su estudio académico Cubriendo el involucramiento de los fanáticos (Pinning down fan involvement) explica que la lucha libre genera un ambiente muy similar al mundo virtual, porque durante los eventos en vivo los espectadores pueden participar  activamente. A diferencia de la lucha libre, los deportes legitimados no crean un mundo de fantasía envolvente con narrativa ficcional explícita.

Cita un aporte imprescindible para explicar el valor de la lucha libre como arte dramático, de un trabajo anterior que sobre el tema realizaron Craven y Moseley (1972), en su artículo para la revista Journal of Popular Culture: “….mientras que los fanáticos a menudo evalúan a los luchadores por desempeño, en vez de resultados, así ellos también juegan el papel de ‘fanáticos del deporte’ dándole a los fanáticos roles que interpretan o parodian a los fanáticos de los deportes reales en la misma forma que los luchadores se convierten en intérpretes o parodias de los atletas”(Craven y Moseley, citados por Ford, 2007 Pp.  6).

Ford también cita a Saunders (1998), académico de la Universidad de California, quien explica una encuesta realizada por él para determinar los gustos de diversos fanáticos. De acuerdo con los resultados del estudioso, las razones que los fanáticos dieron para asistir u observar la lucha libre por televisión comprende un amplio grupo de gustos.

Algunos la miran por ser nostálgicos, espectadores que observan el espectáculo desde pequeños, otros expresan que lo consideran un espectáculo para toda la familia, algunos confiesan disfrutar la violencia mostrada, otros la trama de espectáculo-fantasía o la exhibición atlética.

Ford (2007) explica, además, cómo la lucha libre ha generado una serie de tramas derivadas y textos relacionados con el género de maneras periféricas; desde comentaristas del espectáculo por internet hasta aficionados que escriben sus propios sus propios guiones, basándose en luchadores pertenecientes a diversas marcas.

El trabajo de Ford, si bien muy interesante y lleno de datos asombrosos sobre la idiosincrasia estadounidense, no puede brindar mayores aportes a esta investigación porque el enfoque del teórico requiere ver la lucha libre como un deporte espectáculo que puede disfrutarse únicamente cuando se presencia en vivo en una arena, sin embargo, eso no es tan fácil de realizar en nuestro país, porque si bien existen sitios donde se pueden ver este tipo de demostraciones, no existe un culto tan arraigado.

El videoclip Me muero, del grupo mexicano La quinta estación, permite explicar el nivel de fanatismo que la lucha libre puede generar en ciertas personas, pues esta canción de amor es contrastada con una historia ficticia acerca de una fanática enamorada de un luchador real, el Místico (Sin Cara), de quien hablamos anteriormente.

El texto audiovisual nos permite comprender los niveles en los que la lucha libre puede influir en una sociedad (en este caso, la mexicana) y, a lo largo de su desarrollo, observamos cómo la fanática colecciona toda clase de mercancías de su ídolo, con quien espera terminar al final de la pelea. Esta manifestación cultural engloba el aporte de los teóricos de la mejor manera.

El enfrentamiento de las propuestas en la WWE

Una vez concluido el aporte teórico, procederemos a realizar algunas observaciones respecto a lo anteriormente expuesto. En primer lugar, Barthes resulta de vital importancia para este ensayo pues, como hemos demostrado, sus impresiones respecto a la lucha libre de la década de 1950 se mantienen sorprendentemente vigentes con respecto a la visión actual de la lucha libre profesional. Sin embargo, hay tres temas que han cambiado levemente y que comentaremos a continuación.

En primer lugar, la lucha libre es concebida por Barthes como un espectáculo exclusivamente masculino. En la actualidad las mujeres también pueden luchar, aunque sean una minoría. El papel que la WWE asigna a sus luchadores resulta sumamente exigente: las exhibe a la vez como objeto sexual y entretenimiento exótico.

Las luchas entre mujeres en la WWE están cargadas de un matiz lascivo explícito, al punto que en los eventos de “pay per view” ocasionalmente podemos ser  testigos de “luchas de lencería”, “de bikini” o similares. Incluso las peleas “normales” demuestran situaciones sugestivas de maneras que no observamos en los enfrentamientos entre hombres. El problema para las intérpretes radica en que esta doble exigencia atenta contra su integridad física, pues los luchadores cuentan con una masa muscular más adecuada para resistir los golpes, mientras las luchadoras, en su mayoría delgadas y con implantes de senos, arriesgan sensiblemente su salud durante cada combate. Por esta razón observamos que las luchas entre mujeres siempre tienen menor duración y despliegue técnico que los enfrentamientos entre hombres.

El segundo detalle es que en la actualidad, la Guerra Fría no está vigente. Por lo tanto, la batalla mitológica entre el Bien y el Mal tiene un matiz étnico y nacional muy definido. Los luchadores tienen generalmente un papel estereotípico que puede provenir de su nacionalidad o su color de piel. Como pudieron notar los lectores durante el comentario de las luchas de la WWE en la sección anterior, resaltamos la nacionalidad de ciertos contendientes por esa razón.

En el caso de la nacionalidad, comentaremos brevemente tres casos de luchadores extranjeros empleados de la WWE que cargan sobre sus hombros el peso de grandes estereotipos: Vladimir Kozlov, Alberto de Río, y The Great Khali. Kozlov, luchador ruso, encarna el prejuicio estadounidense hacia los suyos: un hombre tosco, callado y sumamente serio. En una ocasión luchó contra Triple H en una lucha que parecía una especie de resurrección de la riña entre comunismo y capitalismo.

Alberto del Río, luchador mexicano adquirido recientemente, denota los estereotipos de un latino adinerado. Su personaje (sorpresivamente de villano), humilla constantemente a otro representante latino, Rey Mysterio, por considerarlo de clase inferior (en una ocasión lo llama “mojado”). Del Río ingresa a la arena en automóviles lujosos, sonando la bocina de forma impertinente y tiene su propio presentador, todos estos, signos de ostentación. Este intérprete realiza la caricatura constante del antagonista de las telenovelas mexicanas en el ring.

The Great Kahli, luchador de la India, tiene uno de los papeles más denigrantes del espectáculo: el del gigante que no sabe hablar. Se expresa mediante balbuceos, por lo que es sumamente difícil comprender lo que habla. Un intérprete lo acompaña a todos lados. Es interesante cómo esto no evita que sea reconocido en su país como una celebridad.

Tenemos muchos otros ejemplos en las transmisiones de la WWE, como Edge (el canadiense tramposo), Santino Marella (el italiano ridículo), Kofi Kingston (el africano incansable), Jimmy Wang Yan (el japonés con complejo de vaquero) y los ya citados de Sheamus (el irlandés agresivo) y Dwight Barret (el inglés arrogante).

Por otro lado tabordaremos a R-Truth, un luchador afroamericano que también desarrolla su presentación a partir de estereotipos groseros. Desde su ingreso en la franquicia, el luchador tenía el papel de “bueno” y llevaba en sus espaldas algunas de las ideas preconcebidas que el pensamiento estadounidense relega a las personas de su color de piel: un rapero ex convicto, quien cantaba y bailaba durante su ingreso al cuadrilátero.

Este comportamiento cambió recientemente. Los escritores del programa parecen haber decidido variar su personaje, pues, luego de haber perdido una oportunidad por el título de la WWE, R-Truth ha comenzado a atacar sistemáticamente a los luchadores blancos fuera de la arena;  reclama, además, constantemente al público y las autoridades del espectáculo que lo han subestimado y merece otra oportunidad por el título. Su papel  en estos momentos: un afro descendiente actuando como un enajenado.

En contraposición con todos los ejemplos anteriores, encontramos a John Cena: el prototipo del súper hombre estadounidense: jugador de fútbol americano en la universidad, con un pasado militar en su currículo y rodeado de un aura sobrehumana que le permite salir adelante en casi cualquier situación, hasta el punto que los mismos fanáticos comentan que están hartos de verlo ganar. Esta entrada triunfal antes de su lucha en el Wrestlemania XXVI permite dilucidar el panorama. Nótese el inquietante despliegue de alusiones  bélicas.

A continuación, presentamos un fragmento del enfrentamiento verbal entre R-Truth y John Cena, que sirve como explicación final a los comentarios plasmados en esta parte del proyecto. Los actores en la gradería definitivamente ayudan a crear ese repudio y admiración por el primero que caracteriza las pasiones generadas por este espectáculo.

El tercer punto que puede complementarse a las anotaciones de Bartheses que en la actualidad puede notarse que la lucha libre profesional tiene un apoyo mayor hacia los luchadores “malvados” en comparación con la situación descrita por Barthes, pues el público de la WWE no parece ser tan maniqueo. Probablemente los fanáticos apoyen más al héroe que al villano, pero muchos espectadores tienen gran aprecio por luchadores que han jugado el papel de villanos o tramposos. Como ejemplos citaremos brevemente a Randy Orton, Edge y Triple H.

1, 2,3: El final de la pelea

 

Como pudo constatarse, la lucha libre no puede considerarse inocente de cuanto se le culpa:  muestra abundantes ejemplos de violencia, sexismo, alcoholismo, drogadicción (uso de esteroides, cuando menos), consumismo, racismo, xenofobia entre muchos otros. Sus maniobras son coreografiadas, no en vano fue originada en un contexto de timadores.

Lejos de llenarse de prejuicios, estas mismas características deben alentar a estudiar la lucha libre a profundidad; no en vano el espectáculo existe… Cuando una manifestación artística sobrevive más de un siglo y puede llegar tan profundamente a las fibras sensibles del ser humano, debe existir una razón suficiente. Se concluye este proyecto, con la esperanza de haber servido de vehículo para una mejor comprensión de éste tema tabú de la sociedad costarricense: la lucha libre profesional televisada.

 

Bibliografía

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